lunes, enero 25, 2010

y me voy...
y vuelvo en mucho tiempo más
o quien sabe, pronto...
eso, eso.. quién sabe...

sábado, enero 23, 2010

el amor

Como decía el libro
él nos hizo a nosotros...


jueves, enero 21, 2010

Fava y la muerte

Andrés miraba el cuerpo, el cabello oscuro, corto y desaliñado, los zapatos sucios, las largas piernas. Una mano (enorme, flaca) descansaba en una rodilla: la otra estaba boca arriba, comopidiendo. Por entre las pestañas salía un reflejo verdoso. "Quién será", pensó. "Y por qué de golpe --" Cerró los ojos, tambaleándose ligeramente. El vendedor López lo miró con inquietud. Andrés abrió los ojos al sentir la quemadura del amoníaco en la nariz. Respiró fuerte, sonriendo.
-Vamos, no es nada -dijo, rechazando la esponja-. ¿Quién es este hombre?
-No sé -dijo el vendedor López-. Venía seguido pero no tenía cuenta. Parece muy joven, yo a veces lo atendía.
Los otros miraban. Andrés oyó otra vez el capoteo a su espalda, el murmullo. Antes de irse -porque realmente él no tenía nada que hacer ahí -- parado a los pies del sofá miró al muerto, abarcándolo entero. Le pareció que la mano palma arriba se cerraba imperceptiblemente; pero era un efecto de luz.

Sentado en un paldaño de la escalera y apoyándose contra la pared, veía los zapatos que subían y bajaban corriendo. Pasó el vendedor Osvaldo conj el vaso de agua reclamado. Pasó el joven pálido del teléfono.
No sé qué pensar -murmuró Andrés-. Si se ha muerto en el buen momento, o si hubiera merecido seguir un poco más. ¿Qué derecho tenía de morirse así, justamente ahora? Esto es un escamoteo.
Se sentía irritado, seguía viendo esa cara tan blanca y sin relive, de pómulos salientes, mentón débil y sienes hundidas. "Escapista", pensó, colérico. "Entre la niebla y las Ochenta Mujeres, escapista. Cobarde." Y la ternura lo ganaba. Ahora veía mejor la flaca figura en los pasillos del Odeón, se acordaba de un choque involuntario y un cambio de excusas, frente a la boletería de un cine. Siempre solo, o hablando con amigos pero solo. ¿Quién era? Pensó si habría dejado algún libro, alguna música. Sonriendo, dolido, se reprochó esa necesidad de calificación. Todo lo que podía decir, todo lo que valía, era la frase de Marlow al hablar de Lord Jim: He was one of us. Y no ayudaba mucho, realmente.
"Bueno", pensó, "ahora se va a podrir. Pasará por todas las etapas de un cadáver correcto" -- y era curioso porque se veía a sí mismo, pensaba en el muerto pero era a él mismo a quien se estaba viendo descomponerse. ¿Por qué no? Si de algo se podía tener seguridad era de esa saponificación final; preverla (aunque todo el cuerpo tirara para atrás como un caballo que huele osamenta) era casi una completación moral. Llevar hasta su última instancia el sentimiento de la vida, de haber sido un hombre "No me acabo con la muerte", pensó, quemándose la boca en el cigarrillo. "Yo he sido mi cuerpo y le debo la lealtad de acompañarlo hasta el final. La imaginación va hasta la calle, hagamos el camino. Si me acabo con la muerte, esto que estoy sintiendo vivir y que es yo, horriblemente sigue noches y noches, hinchándose, creciendo, desgarrándose, reduciéndose-- Lo menos que puedo hacer es prever su destrucción, mirarla desde la vida. Ah, Orcagna, pintor de putrefacciones--"
Pasaban gentes a su lado, mirándolo de reojo. Uno iba con un maletín. Ya habrían dado con el médico. "Para qué", pensó Andrés. "Le van a pinchar los brazos y el pecho, le va a meter coramina para mostrar su eficiencia, lo va a sacudir y desnudar y envilecer." Tenía ganas de volverse, de gritarles que el hombre estaba muerto. Todos lo sabían tan bien, todos esperaban que el desmayo no fuera nada.
-Me estoy poniendo viejo -murmuró Andrés-. Sentimentalizo todo lo que toco.
Desde su escalón veía a la gente comprando libros, a Arturo que se afanaba en su sección. Acababan de abrir las puertas como si hubiera menos niebla, pero no se oían ya los parlantes de la calle. Pasó el vendedor Osvaldo, con el mismo vaso de agua. Andrés vio que el vaso estaba lleno. "Qué raro que no se le haya ocurrido tirarlo en la bañadera." Le vino la idea horrible de que a lo mejor estaban metiendo al muerto en la bañadera, para que reaccionara. "Pero claro, si ya tiene la forma necesaria." Ars moriendi, pero morir no es un arte. "Ese día que supe que ya he muerto otras veces---" tan claro, tan sin solemnidad; no un espectáculo, como los sueños, más bien un pasaje liviano, un pájaro: la muerte repetida,
volvedora.
"Podrirse otra vez, tantas veces como se vuelva. Rescate forzoso de una temporada de sol"
Te Sunne who goes so many miles in
a minut, the Starres of de Firmament,
which go so many more, goe not so fast,
as my body to the earth
Donne
"Chantaje del alma, monsergas", pensó Andrés. "Las trompeta resucitarán los cuerpos. ¿No está dicho así? De ellos era todo el sol, todo el espacio. Cada muerte niega el mundo: yo no soy mi muerte, soy el mundo, lo sostengo como una naranja contra el sol. No soy mi muerte: la lanzo al fondo de mí, a lo tan lejano que no tiene situación; es mi límite, como el límite de mi cuerpo no es mi cuerpo - aunque lo recorte del aire y lo haga ser-"
"Morirse es como escribir", pensó Andrés. "Sí, Pascalito, vaya si morimos solos." Se acordaba de sus primeros cuadernos de ensayos, sus torpes novelas. Todo lo que de ellos hablaba con los camaradas; las ideas, la discusión del planteo, los ambientes. Y después su piecita, el mate amargo, la alta noche; a veces su gato negro sobre las piernas, ajeno pero tan tibio. Solo, frente al cuaderno; sin testigos. Como al morirse, porque los empleados no habían visto morir al desconocido, sólo derrumbarse. Tal vez él, en ese momento estaba con otros, pensaba en otros; tal vez su última imagen había sido el lomo de un volumen o el ruido de unos tacos apurados, a su espalda. "Si por lo menos un libro alcanzara la dignidad de una muerte", pensó Andrés, " y a veces viceversa--" Qué tentación de metáfora, cómo la muerte invitaba a abrazarla con palabras, traerla un poco del lado de la calle, inferirle atributos para negar sus negativas.
"Después de todo, moriri no será asunto mío", pensó Andrés, burándose, apretada la garganta por el recuerdo del hombre allá arriba. "Si algo soy es vida, no te parece. Estoy vivo, soy porque estoy vivo. Entonces no veo cómo puedo dejar de vivir sin dejar de ser lo que soy. Oh razón, oh maravilla.
Qué claramente se sigue que
si al morir no soy yo
el que se muere es otro. ¿Y qué me importa entonces? Le puedo tener lástima desde ahora, tenérsela ahora. Es ahora que me duele que ése que fue yo esté muerto. Pobre, tan meritorio. Escribía y todo. Con un futuro tan pluscuanperfecto..." Encendió otro rubio, mirando con sorpresa cómo le temblaban los dedos. Abel estaba delante de los libros de economía, con las manos en los bolsillos
pero sí pero sí con las dos manos en los bolsillos
y negaba suavemente algo que debía estar pensando, el chambergo azul se columpiaba sostenidamente. Andrés lo olvidó, la figura tendida en el sofá se alzaba, dura e inútil. Cadáver, horrible estorbo.
"Ese muchacho debería venir a sentarse a mi lado", pensó Andrés. "Dejar al otro en el sofá
si no lo han metido en la bañadera
venirse a este salón y decirme: Se murió; pero a mí, que era su vida, qué más me da." "Y fumaríamos juntos."
Si no venía, ojo, si no venía,
entonces era grave. "Si no viene es que no basta con pensar en esto; algo atroz impido la escisión. El vivo se va con el muerto... Pero no puede ser, no es justo, no es digno. Acabo de sentir tan claramente que no soy yo el que morirá un día... No puede ser que él, de alguna manera, airo o imagen, o sonido, no esté aquí, no ande libre..."
Bajó la cabeza, cansado. "Pero si no has hecho más que argüir, que fabricarte un doble como otros un alma. El ka, viejito; llegas tarde, te repetís..." Y sin embargo había sabido que sólo la vida era suya, era él, y que lo otro...
-Entonces es el despojo -murmuró tirando el pucho y pisándolo-. Basta de fantaseo. No le pidas al discurso lo que es del canto. Lindo, ¿no? Las cinco y diez, los chicos, el examen. Arriba, vitalista.
La risotada de Arturo lo esperaba al pie de la escalera.
-¿Te lavaste la cara vos también?
-No, y eso que me hace falta -dijo Andrés mirando su pañuelo mojado y sucio-. Me pareción que no correspondía que yo, sólo conectado al Ateneo por alguna recuentación y el diez por ciento de descuento...
-Bah, están locos -dijo Arturo, agitándose-. El idiota de Gómara me quería hacer ir. Son tarados, che.
-Lavarse no está nunca de más -dijo Andrés-. Yo que vos iría. Se ha puesto muy divertido, con un muerto y los primeros auxilios.
-Avisá -dijo Arturo, mirándolo de reojo.
-Andá a ver, si no creés.
-Me estás tomando el pelo. -Lo miraba sin mirarlo, conteniéndose. De golpe soltó una risa (pero Andrés reconoció la calidad quebradiza, la otra procedencia del sollozo), y se largó escalera arriba. Alzando despacio la cabeza, para darle tiempo a llegar, siguió su carrera; iba pegado a la barandilla y no se desvió al cruzarse con el vendedor López. Apartándose, el vendedor López lo miró correr. Derás de él venía el médico del maletín.

[Julio Cortazar, El examen]

miércoles, enero 20, 2010

-Vas bien -dijo Clara, suspirando- pero sos tan confuso.
-Confuso es esto que quiero decir. Convecéte, cronista. El horror de la existencia lo vio Rimbaud mejor que nadie: "Moi, es clave de mon baptême". Te criás en la estructura cristiana, reducida no más que a un cascarón de tortuga donde te vas estirando y ubicando hasta llenarlo. Pero si sos un conejo y no una tortuga, es evidente que estarás incómodo. Las tortugas, como el gran Dios Pan, han muerto, y la sociedad es una ciega nodriza que insiste en meter conejos en el corsé de las tortugas.
-Buen símil -dijo Clara con la boca llena de imperial ruso.
-Te criás fajado por las grandes ideas fijas, pero un día hacés tu primer descubrimiento personal, y es que esas ideas no parecen ser muy aplicadas en la práctica; y como no sos sonso y te gusta vivir, ocurre que deseás la libertad de acción. Zas, ya te topaste con las ideas, con tu bautismo. No en forma de decretos exteriores
fijáte que esto es importante. No en forma de compulsiones prácticas, que son las que desesperan a los rebeldes de pacotilla,
pues aunque estén en esa forma -como que lo están- siempre se las puede burlas más o menos,
sino que te las encontrás en vos mismo: tu bautismo, viejo.
-Las furias de Orestes -dijo Clara.
-Sos cristiano -dijo Juan-. Sos el occidente cristiano desde la manera de cortarte las uñas hasta la forma de tus banderas de guerra --
Atrapado, empieza el jadeo. Imagináte un águila educada entre ovejas, y que un día siente la presencia y la necesidad de sus fuerzas de águila,
o al verse (porque no se debe ser soberbio),
imaginátelo y ahí tenés la cosa.
-Esta bien -dijo el cronista-. Lo malo es que no tiene arreglo.
-Eso es lo de menos -dijo Clara-. Lo que importa es que sea así, indubitablemente así, limpiamente así. Lo que no es seguro.
-Me parece que sí -dijo Juan-. Por lo menos mi persona me induce a creerlo. Cada gesto auténtico se ve frenado, desanimado por un conformismo de mi naturaleza. A cada minuto, cuando decido: "Mañana --!, surge mi rebelión. ¿Qué es mañana? ¿Y por qué mañana? Entonces el reloj suizo echa a andar, aceitado y perfecto, y el cucú que tengo aquí en la cabeza me canta: "Mañana es un nuevo día, amanecerá nublado con temperatura en sostenido ascenso , en sol sale a las seis veintidós, día de Santa Cecilia. Te levantarás a las ocho, te lavarás --"
Fijáte que eso solo: te levantarás,
te lavarás
eso solo es tu bautismo, los grilletes, la estructura occidental.
-¿Y te sentís tan mal por eso? -dijo el cronista-. La técnica está en levantarse a las once y frotarte la cara con alcohol.
-Eso es idiota y no engaña a nadie. Mirá, si se nació oveja hay que vivir oveja, y el águila precisa sitio para decolar a fondo. Yo podré tener la forma de la lata en que me han envasado desde que Jesús se convirtió en el tercer ojo de los occidentales; pero una cosa es la lata y otra la sardina. Creo saber cuál es mi lata; ya es bastante para distinguirme de ella.
-De distinguirla a escaparse...
-No sé si es posible escaparme -dijo Juan-. Pero sé que mi deber para conmigo es hacerlo. Aquí los resultados cuentan menos que las acciones.
-Tu deber para contigo -murmuró Clara-. ¿Sólo con vos mismo para realizarte?
-Sólo cuento conmigo, y aun así en pequeña parte -dijo Juan-. De mí tengo que descontar al enemigo, a ese que fue criado para que matara mi parte libre. A ese que debía ser bueno, querer mucho a su papito, y no treparse en las sillas o en los zapatos de las visitas. Cuento con tan poco de mí mismo; pero ese poco vela, está atento. Baudelaire tenía razón, cronista; es Caín, el rebelde, el libre, quien debe cuidarse del blandísimo, del viscoso y bien educado Abel--
Miró fijamente a Clara.
-A propósito -dijo Clara-. Pero seguí, no te interrumpo.
("No es viscoso", pensó con una ternura absurda.)
-Ya está todo dicho -dijo Juan-. Me alegro de no tener un Dios. A mí nadie me va a perdonar; y nada puedo hacer para que el perdón me sea otorgado. Corro sin ventaja, sin el gran recurso del arrepentimiento. De nada me valdría arrepentirme, porque en mí mismo no hay perdón. Es posible que tampoco haya arrepentimiento; pero entonces el destino es absolutamente mío: yo sé, al faltar a mi tabla de valores, que lo hago; y sé y supongo por qué lo hago; y mi hecho es irremisible. Si me arrepintiera, sería inútil lo mismo; caería en la autocompasión o la casuística; antes me muera cien veces.
-Eso se llama orgullo -dijo el cronista, sumando los tickets.
-No, eso se llama ser uno mismo, andar solo y tenerse fe. Porque creo que sólo el que no va a patinar es capaz de prever con tanta claridad su riesgo; y viceversa.
-Pequeño Orestes sartriano -se burló el cronista, con cariño.
-Gracias -dijo Juan-. Muito obrigado.


[El Exámen, Julio Cortazar]

del libro con el que ando en el bolsillo

-Pobre Artaud -dijo Wally-. El perfecto caleidoscopio: su obra pasa de mano en mano, y en ese instante cambian los cristales (cambia la mano), y ya es otra cosa.
-Quizás -dijo Clara, que estaba entre ellos- las obras que importan no son las que significan, sino las que reflejan. Quiero decir las que permiten nuestro reflejo en ellas. Un poco bastante lo que sugería Valéry.
-De donde se extrae una vanidosa consecuencia -dijo Wally-. Y es que los importantes somos nosotros. Tu idea es el artículo primero del estatuto de un club de lectores. Por mi parte, prefiero hacerme chiquita y dejar que el libro se me venga encima.
-Serás de las que leen dos libros por día -dijo Clara con alguna burla.
-A veces sí. Con la bibliografía que hay a mano, es bueno que haya un lote de lectores voraces.
-Lo malo -dijo Clara- que el escritor cuenta con otro lector, con el que andará siempre llevándolo en el bolsillo.

[El Exámen, Cortazar]

martes, enero 19, 2010

Leyendo lectores

-Por mí -dijo el cronista- los seguiría leyendo volontieri, pero vos sos de los que desaparecen por seis meses y no se te ve ni el pelo. ¿Usted lo tiene secuestrado, Estelita?
-Ay, si pudiera -dijo Stella-. Lo que sí él escribe mucho y se la pasa tomando mate. Yo le digo que tanto estudio un día le va a hacer mal.
-Ya ves -dijo Andrés-. Te han hecho el retrato perfecto del anacoreta, con mate y todo.
-¿Y por qué uno no se entera de lo que escribís? -dijo Juan-. En este país uno escribo por lo regular para los amigos, porque los editores están demasiado ocupados con las hojas en la tormenta y los séptimos círculos.
-Mirá, uno va juntando cosas, hay que revisarlas, pasarlas a máquina... Y después de todo, ¿qué necesidad hay de leer tanto? -dijo Andrés, furioso-. Hablan de lo que uno hace como si fuera imprescindible. Sí, llevo un diario. ¿Y qué? Es más bien un noctuario. ¿Y? Hagan el favor, che, con todo lo que hay por ahí para leer...
-Sabés muy bien que uno lee a los amigos por otras razones -dijo Clara.
-Bueno, de acuerdo, pero cuando se empieza a juntar gente como en un choque de autos,
pibe, la cosa me huele a funeral, y de esos con discursos y salvas al aire.
-Pero es que nos encantan las capillas -dijo Clara-. ¿Qué idea te hacés de Buenos Aires? Entre nosotros el reparto de papeles es perfecto; vos escribís algo y cinco o seis parientes y amigos lo leen; a la semana siguiente cambia el orden: Juan escribe un cuento, vos y yo lo leemos... Funciona muy bien, no me vas a decir. A veces me río pensando que en la Casa debe haber centenares escribiendo para tres, ocho o veinte lectores.
Tu descripción acaba de darme vuelta el estómago -dijo Andrés.

[El Exámen, Julio Cortazar]

domingo, enero 17, 2010

haciendo memoria


Terminamos, hace ya un buen rato... y no es que esté pensando en eso, ni en ti, sino que se me vino el recuerdo que todo empezó porque yo te dije que no andaba bien, que algo pasaba que no podía concentrarme, había llorado mucho, me sentía tremendamente sola a pesar de tenerte, te sentía completamente ajeno a pesar de ser mi compañero... y luego así como pa pisotearme tú me respondiste (entre muchas otras cosas) que entonces no teníamos que seguir juntos, porque no me podías hacer feliz...

hoy me pregunto... es que alguien puede hacerme feliz?

creo que la felicidad es más compleja que un alguien

sobre estas elecciones

no es este el espacio para desarrollar esta idea, creo yo
pero el contexto político de mi país lo precisa
la historia dirá si es o no un retroceso histórico el triunfo de la derecha
quizás aún podamos torcerle la mano a esa horrible presidencia
como en las artes marciales cuando no gana el que tiene más fuerza sino el que utiliza mejor la técnica
es hora de hacerse estratégicos

sábado, enero 16, 2010

a modo de conclusión

después de la muerte se concluyen muchas cosas
que injustamente
que inevitablemente
que violentamente
que terriblemente
mi conclusión luego de la muerte
es que estar vivos es una responsabilidad tremenda

que dimensionar cotidianamente
y hacernos responsables

jueves, enero 14, 2010

confundiendolo todo

en esta pésima costumbre de confundirlo todo
esta mañana desperté pensando que era abril...

martes, enero 12, 2010

sobre despertarse

-Cuando yo me despierto -dijo Juan- lo primero que se me ocurre como medida de emergencia es volver a dormirme.
-Lo que llaman cerrar los ojos a la realidad -dijo Andrés-. Ahora fijáte en esto que es importante. Hablás de volver a dormirte y tratás de hacerlo. Pero te equivocás al creer que en esa forma te vas a replegar sobre vos mismo, que te vas a amurallar detrás de lo que te defiende de eso que está enfrente de vos. Dormir no es más que perderse, y cuando tratás de dormirte lo que estás buscando es una segunda fuga.
-Ya sé, una muertecita liviana, sin consecuencias -dijo Juan-. Pero viejo, ése es el gran prestigio del dormir, la perfección del apoliyo. Vacaciones de sí mismo, no ver y no verse. Perfecto, che.
-Puede ser. De todos modos uno se adhiere tan moluscamente a así mismo que aun medio dormido resulta difícil hacerse la zancadilla. A mí por ejemplo me pasa levantarme a las cuatro de la mañana para mear, consecuencia inevitable de quedarme mateando hasta tarde. Cuando me meto de nuevo en la cama noto que el cuerpo, por su sola cuenta (-¡Busca el huequito caliente! -gritó Stella), justito, querida, busca el hueco caliente, su calco, comprendés, su huella viva. Los pies en el rinconcito tibio, el hombre en su nicho abrigado... No hay caso, viejo, no en vano creemos que A es A.
-La única que busca un sitio fresco es la cabeza -dijo Juan-, lo que prueba que es la parte pensante de la persona.

[El Examen, Cortazar]

lunes, enero 11, 2010

leyendo

-La verdad es que aquí la gente está siempre ansiosa -dijo Juan-. Lo malo es que los motivos de su ansiedad suelen ser tan importantes como la pava del mate (andá a ver si ya hirvió, apuráte, seguro que ya hirvió, Dios mío, uno no se puede descuidar ni un minuto...).
-Che, el mate es una cosa importante -dijo Andrés.
-O el miedo a perder el tren, aunque salga uno cada diez minutos. Mirá, una vez me aboné a un ciclo de cuartetos. A mi lado había una señora que en todos los conciertos se iba antes de que empezara el último movimiento del último cuarteto. Como ya éramos amigos, la tercera vez me explicó que si perdía el tren para Lomas de Zamora tendría que esperar veinte munutos en Constitución. Y así cambiaba veinte minutos por el Assez vif et rhytmé de Ravel.
-Peores cosas se han cambiado por un plato de lentejas -dijo Andrés- Fijáte que de una manera u otra el hombre repite siempre los crímenes básicos. Un día es Ixión y al otro un pequeño Macbeth de oficnia. Pensar que después nos atrevemos a solicitar certificado de buena conducta.
-Tal vez por eso yo siempre tengo miedo cuando entro en la policía -dijo Juan-. Nadie tiene el protuario en blanco, che.
-Andá a saber -dijo Andrés- si las cosas que tomamos por desgracias o enfermedades no son simplemente sanciones. Me imagino que el viejo Freud no decía otra cosa, pero yo pienso ahora en la calvicie, por ejemplo. ¿No te parece que a lo mejor los calvos sucumben a un inconsciente-Dalila, o que los artríticos se dieron vuelta a mirar lo que no debían? Una vez soñé que me castigaban con la pena capital. Entendé que no aludo a la muerto: todo lo contrario. La pena era capital porque consistía en vivir del otro lado del sueño, acordándome todo el tiempo que lo había olvidado, y que el castigo era eso, haberlo olvidado.
-Abel hablaba así a veces -dijo Juan-. Su nombre sindicaba como víctima jugosa. Tal vez por eso anda con ganas de dar vuelta los papeles, se hace el malo con los espejos.

[Julio Cortazar, El exámen]

domingo, enero 10, 2010


Puedo decir que una revoltura de guata como nunca antes...
Y que no estoy entendiendo nada más

sábado, enero 09, 2010

soledad..


qué raro que seas tú, quien me acompañe, soledad, a mi que nunca supe bien como estar solo
ya pasó, ya he dejad que me engañe, la ilusión de que vivir es indoloro..
creo que pasaremos juntos temporales, propongo que tu y yo nos vayamos conociendo

jueves, enero 07, 2010

hippismo petrográfico

una a veces se distrae mientra describe...
es que a veces los minerales son tan lindos
bailan y se llenan de colores...
video